Cultivar una pereza consciente puede suavizar el estrés diario, que suele sufrirse con más intensidad entre semana. Por supuesto, no hablo de fomentar la pura y simple vaguería, no por nada, sino porque, a la larga, no dar ni chapa también estresa. Lo que sugiero es buscar momentos de relax, algunos, a ser posible, cerca de la Naturaleza.
Aunque parezca una contradicción, a veces, darle frenazos a la vida puede aumentar las ganas de vivir y la calidad de vida. El secreto está en saber encontrar un tiempo para uno mismo, ya sea para cocinar o comer sin prisas, meditar, pasear, hacer ejercicio o acudir a lugares donde relajarse: ir en busca del mar, contemplar un amanecer, disfrutar de una puesta de sol, escuchar los sonidos de la vida silvestre en el campo o, simplemente, abrazarse a un árbol.
Emprender proyectos personales, que nos hagan ilusión, e ir realizándolos poco a poco, también ayuda a ser regular en el difícil arte de la buena vida. Porque desconectar de las preocupaciones requiere práctiva y voluntad: efectivamente, la pereza consciente de la que hablaba.
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Muchos de los grandes destinos turísticos temblarían con sólo imaginar que vamos a poner un pie en ellos. Las islas Galápagos, la Antártida, Angkor, Dubai o Bombay son ejemplos de lugares que están pagando un alto costo ambiental y a los que, por supuesto, es mejor no ir.
Viajar es maravilloso, pero el turismo deja huella. Los beneficios económicos no siempre superan a los perjuicios medioambientales, que provocamos no sólo con los desplazamientos en avión, sino atancando al medio ambiente local o, también, a las culturas lugareñas.
Las islas Galápagos son un lugar único para observar la biodiversidad en su medio, pero la naturaleza puede hacer mutis por el foro si las visitas y los asentamientos continúan al ritmo actual. La UNESCO ya advirtió en el 2007 que la situación es insostenible. ¿Una alternativa? Las islas Ballestas, una reserva natural de 700.000 hectáreas conocida como las Galápagos peruanas. No se puede desembarcar en la isla, pero desde el barco verás lobos marinos, pingüinos, pelícanos y gran variedad de especies de aves.
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Volver a casa por Navidad puede no ser tan idílico como en el conocido anuncio de turrones. No, al menos, si hablamos de impacto ambiental. Con la llegada de las vacaciones navideñas, muchos hacen las maletas para ir a algún lugar, pero ya no son tantos los que planean su salida con espíritu verde. Veamos algunos consejos que nos permitirán reducir la contaminación que provocamos con nuestros traslados.
No insistiremos más en lo contaminantes que resultan los vuelos. Si pensamos en viajar en avión, quizás convendría cambiar de planes en estas fechas navideñas: no sólo ahorraremos un disgusto al medio ambiente, sino que también nos evitamos las aglomeraciones y los retrasos tipicos de estas fechas. Así, una primera sugerencia es reservar estos días para visitar a los amigos a nivel local.
¿Y si el viaje es irremediable? Además de no cargar demasiado la maleta, lo mejor sería evitar el equipaje facturado. Si habíamos pensado en bajar del avión cargado de regalos, o bien los compramos de redudido tamaño, o aplazamos su compra para cuando lleguemos a nuestro destino, pues el consumo de combustible será menor cuanto menos peso llevemos.

Se acabó el hechizo: las Galápagos se han convertido en calabaza. Según los científicos, las islas encantadas, nombre con el que se conoce turísticamente a este archipiélago, ya han sido transformadas por el efecto invernadero y la actividad humana. Ahora empiezan a conocerse por ser ejemplo mundial de la mala influencia que puede sufrir cualquier lugar expuesto a la sobrepesca y impacto climatico.
Si en posts anteriores hablábamos de unas islas amenzadas, en este podemos decir, más bien, que la amenaza se ha cumplido. Según un nuevo informe publicado en la revista Global Change Biology, una serie de acontecimientos, incluido el fenómeno El Niño, en 1982, la sobrepesca y la aparición de los erizos -que destruyen los corales- ha alterado los ecosistemas marinos de las islas. Además, al menos 45 especies típicas de estas islas han desaparecido o están en peligro de extinción.
¿Qué significa esto? Todos estos cambios indican que el futuro cambio climático impulsado por la actividad humana tiene y tendrá un gran impacto sobre la fauna de las islas. Y esto cobra importancia especial tratándose de las Islas Galápagos, famosas por su gran cantidad de especies endémicas y por haber propiciado los estudios de Charles Darwin sobre la teoría de la evolución.

El desarrollo turístico, junto con las temperaturas más cálidas y el crecimiento de los mares vinculados al calentamiento global, han disminuido enormemente la población de tortugas del Pacífico. En concreto, la evidencia es palpable en las turísticas playas de Costa Rica, que atraen a miles de turistas para ver a la tortuga laúd (Dermochelys coriacea).
Este tipo de tortuga es la mayor del mundo, pudiendo alcanzar una longitud de 2 metros y un peso de más de 600 kilos. Las playas que antaño servían de reclamo turístico para avistar este tipo de tortugas, ya no lo son más, como admiten los trabajadores de la zona ante la evidencia de que el número de las mismas ha decrecido enormemente.
¿Por qué? Ya antes de que los científicos tuvieran evidencia del alza de temperaturas registrada la última década, las tortugas marinas se veían amenazados por el desarrollo del turismo de playa, la pesca con redes de arrastre y el aprecio gastronómico que los costarricenses demuestran para comer huevos de tortuga. Pero ahora parece que el cambio climático puede asestar el golpe definitivo a este animal que ha habitado en el Pacífico por 150 millones de años.
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Si en un post anterior trazábamos la ruta que seguirá la Caravana del Clima por Centro Europa ahora nos vamos a detener en la Copenhague que se van a encontrar las y los expedicionarios y todas aquellas personas que quieran (y puedan, pues la ciudad parece que estará casi en estado de sitio) acercarse durante los días que dure al encuentro alternativo que se desarrollará en paralelo a la cumbre. La intención es que las actividades de Climate Justice Action tengan continuidad en el futuro, constituyéndose como el germen de “una red mundial comprometida a adoptar las medidas urgentes necesarias para evitar un cambio climático que resultaría catastrófico”.
La Cumbre sobre el Clima de Copenhague ha sido calificada como la mayor esperanza para hacer algo en torno al cambio climático” pero quienes programan la Climate Justice Action (CJA) creen que “no va a resolver nada pues se lleva diciendo lo mismo desde hace quince años”. La sensación, pues, es más de impotencia que de esperanza fruto del cocktail tóxico compuesto por la ineficacia de los mandatarios, sus palabras tan bonitas como vacías, unas emisiones que aumentan cada vez más rápido y un comercio de éstas “que permite campar a sus anchas a los criminales del clima”. Las personas y organizaciones que se reunirán en la capital danesa proponen que la ciudadanía grite ¡Basta! y recupere el control de la situación bajo el lema: “Cambiar el sistema para cambiar el clima”.
En Copenhague se encontrarán diferentes movimientos, experiencias y luchas: agricultores, pueblos indígenas, ecologistas, feministas, anticapitalistas o sindicalistas. Este heterogéneo listado siente que “desde nuestras respectivas luchas hemos encontrado un terreno común en la justicia climática y en nuestro deseo de recuperar el poder sobre nuestro propio futuro”. Si hace diez años proclamaban que Otro mundo es posible, hoy se ha sustituido por Otro mundo es necesario, así que frente al boato y opulencia de la cumbre de los mandatarios mundiales, CJA propone un Encuentro de Pueblos para la Justicia Climática donde plantear y discutir soluciones reales:
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Tarde y mal: así se puede resumir la opinión que Ecologistas en Acción tiene del POT de la Costa Noroeste gaditana. Eso del POT no es un nuevo deporte acuático sino las siglas de Plan de Ordenación del Territorio. Tras su exposición pública, hay unos días para que cualquiera pueda presentar alegaciones y así lo han hecho Ecologistas en Acción tras esperar más de diez años a que se redactara una propuesta en firme. Mientras, cada municipio de esa región (Trebujena, Sanlúcar de Barrameda, Chipiona o Rota) ha ido aprobando su propia regulación sin esperar a que existiera coordinación alguna entre ellos (papel que cumple el citado plan). Así que la primera crítica que hace Ecologistas en Acción de este POT es que llega tarde y, por tanto, “muchas de sus propuestas caen en saco roto”.
Parece, a estas alturas, misión imposible preservar el litoral de una urbanización excesiva pues, por ejemplo, los pueblos de Sanlúcar y Rota han terminado por conectarse. De hecho, apenas quedan tramos sin urbanizar en la zona: entre Montijo y Chipiona y entre Aguadulce y Punta Candor (Rota). Las consecuencias de que no hubiera ningún POT vigente no acaban ahí, pues han surgido tres núcleos de población nuevos fundados en los últimos años. Ecologistas en Acción también señala como el turismo (“aunque se quiera vestir de turismo verde o cultural”) parece la única actividad que se fomenta mientras que “sectores tradicionales de esta comarca, como la pesca o la viticultura, quedan olvidados del POT”.
Frente a esta situación, la organización conservacionista demanda una apuesta decidida por los parques eólicos marinos y la agricultura ecológica “reservando suelo en la ampliación de los regadíos de La Algaida”. Pero no todo es negativo, el Plan de Ordenación del Territorio planea convertir el antiguo trazado del ferrocarril en una futura Vía Verde, acondicionar las vías pecuarias (que son las cañadas reales pero también otras veredas menores), la conexión de los pueblos citados a través de tranvía –mejor dicho, metro ligero- y carril bici. El POT de la Costa Noroeste de Cádiz también afrontará la regeneración de las marismas y prevé crear el Parque Comarcal de la Dinamita. Cuando sea una realidad intentaré entrarme de dónde proviene ese explosivo nombre.

No falla, cada vez que leo o escucho algo acerca de un Jardín Botánico me pongo a canturrear la canción con la que el grupo Radio Futura alcanzó el éxito en los años ochenta. Me refiero, claro, a La Estatua del Jardín Botánico, en la que Santiago Auserón cantaba versos como “Junto al estanque me atrapó la ilusión / Escuchando el lenguaje de las plantas”. El estanque al que se refiere es el del Jardín Botánico de Madrid, creado allá por el siglo XVIII y dividido en terrazas escalonadas en la que se distribuyen las representantes de hasta cinco mil especies vegetales provenientes de todo el mundo. Las instalaciones se completan con los invernaderos (la Estufa Fría) y un edificio donde se conservan los herbarios de las expediciones científicas de siglos pasados, cuando la dominación española se extendía hasta Filipinas, Guinea o diferentes puntos de Sudamérica.
Esta referencia a la época imperial me recuerda las voces discordantes que suscita la celebración del ya próximo Día de la Hispanidad, planteado como la celebración de los vínculos que unen a los países hispanohablantes a ambos lados del Atlántico. Pero conmemorar lo que nos une lleva consigo recordar la actuación despiadada de todo gran imperio (la dominación española tuvo mucho de genocidio y sometimiento). Para subrayar lo positivo del futuro sobre los negros nubarrones que dominaron el pasado se creó en 2007 VivAmérica, un festival que celebra “la vitalidad del arte, la cultura y el pensamiento iberoamericanos”. En su edición de 2009 las celebraciones se distribuyen entre Madrid, Bogotá, Santo Domingo y Cádiz, cuatro ciudades con una presencia destacada en el devenir de la historia.
La Casa de América de Madrid, principal propulsora del festival, ha visto como con los años el abanico de sedes se ampliaba y como una de ellas el Jardín Botánico de la capital propone, del siete al once de octubre, conocer más a fondo cómo fueron y qué legado dejaron las citadas expediciones botánicas al continente americano a través de un recorrido guiado por las colecciones, invernaderos y monumentos. Un repaso que reúne el espíritu aventurero con el científico, algo muy de la época en la que desarrollaron. Lo más pequeños, además, podrán pasar de la teoría a la práctica en un taller que les convertirá en exploradores que realizan trabajo de campo “recolectando material vegetal, confeccionando un pliego de herbario o el descubriendo una nueva especie” (10 y 11 de octubre las 11:30h).

Si fuera una medida de obligado cumplimiento (como las vilipendiadas ecotasas), la opinión pública echaría pestes. Pero como se trata de una decisión voluntaria e individual pues puede que tenga éxito y se extienda a otros aeropuertos. Me refiero al Pasaporte Climático, una iniciativa realmente interesante que permite a cada viajero compensar el impacto medioambiental que supone el viaje en avión que se disponen a realizar. Ya digo, puede que se convierta en un saludable hábito mientras uno espera la salida de su vuelo y ya ha recorrido todas las tiendas duty free.
El Aeropuerto de San Francisco (Estados Unidos) ha sido el pionero en la puesta en marcha de este proyecto. Tres stand situados en la zona de salidas calculan el daño medioambiental del vuelo que vas a realizar y te da la posibilidad de enmendarlo (que no impedirlo) a base de dólares. Pero, ¿a dónde va el dinero donado? Las autoridades de la ciudad garantizan que los proyectos a los que va destinado obtienen resultados reales, cuantificables y permanentes en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Suena convincente, pero conozcamos algunos de sus destinos.
Los fondos que se recauden este septiembre irán destinados al proyecto de conservación que se desarrolla en los bosques del Condado de Mendocino (California). Se trata de una zona que sufrió talas indiscriminadas y ahora se está luchando por reimplantar robles y abetos. Es decir, misión cumplida: Hábitats nativos restaurados y protegidos y dióxido de carbono absorbido. Otro ejemplo, la Fundación del Carbono de San Francisco, que contribuye a desarrollar proyectos de reducción de emisiones de CO2 en la ciudad, recibirá dinero para poner en marcha la primera gasolinera del Estado que suministra biodiesel.
Continuar la lectura: El aeropuerto de San Francisco propone el Pasaporte Climático a sus pasajeros

No es necesario adquirir una casona del siglo XVIII, ni poseer una amplia parcela, ni el patrimonio de un escritor de éxito, ni siquiera una imaginación ilimitada… pero ayuda. Con todo ello contaba Roald Dahl, que alcanzó gran popularidad en la segunda mitad del siglo XX gracias a libros juveniles como Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda o James y el melocotón gigante (por poner tres ejemplos de relatos adaptados al cine en los últimos años). El escritor galés hizo realidad su mundo –lleno de magia y humor- en un jardín que fue dando forma en sus últimos años (falleció en 1990 a los 74 años). Algunas de sus ideas pueden inspirar el nuestro:
(…)
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Gunma es una de las provincias que ocupan el centro de la isla principal de Japón. En su zona norte nos encontramos con una cadena montañosa en la que se sitúan los tres picos más altos, conocidos como los Jyomo. Uno de ellos, el monte Akagi, es considerado el símbolo de la región y, en su cumbre, hay dos lagos que ocupan sendos cráteres y que atraen a multitud de visitantes. De esta cordillera nacen cuatrocientos ríos y arroyos que convergen con el río Tone -el tercero más grande de Japón tras el río Shinano y el Ishikari- y dan vida a las praderas de lirios y azaleas que encuentran a su paso. Pero es en otoño cuando los japoneses visitan con mayor frecuencia esta zona, que forma el Parque Nacional de Oze.
Pues ha sido en este idílico lugar donde se cree que ha desaparecido Yoshito Usui, muy popular en el país del Sol Naciente por ser el padre de Shin Chan. Y digo se cree porque fue adonde este dibujante de cincuenta años comentó a su familia que se dirigía. No descarto la posibilidad de que haya querido apartarse del mundanal ruido –que decía Fray Luis de León- sin sospechar que su desaparición se fuera a convertir en noticia a nivel mundial. Lo cierto es que ha pasado una semana y no hay rastro de Usui que, al igual que muchas otras personas, era asiduo a los parajes de Oze, un lugar ideal -aseguran- para practicar ciclismo, pesca, esquiar… Lo suyo, en concreto, era el senderismo y la escalada.
A Yoshito Usui le gustaba hacer trekking en solitario así que las pistas son esacasa. Cuando no regresó a casa esa noche, su familia informó de la desaparición a la policía de Kasukabe –su ciudad natal y escenario de las aventuras de Shin Chan- y ésta puso en marcha la búsqueda. Pasados unos días, y ante la ausencia de pistas, la investigación ha ampliado su radio de acción. Usui llevaba su teléfono móvil encima, pero nadie responde a las insistentes llamadas.

Uno de los enigmas que fascina a media humanidad es el de la Isla de Pascua, Rapa Nui en lengua aborigen. Un pedazo de tierra en mitad del Océano Pacífico (las costas más cercanas están a cuatro mil kilómetros) que es mucho más que las famosas estatuas. Dos investigadores, Sue Hamilton y Colin Richards, han transformado esa fascinación en investigación científica… o, si se prefiere, en obsesión. En ese paraje remoto se desarrolló una cultura poco conocida aún cuya forma de vida buscaba la armonía con la naturaleza.
Por lo pronto, los británicos ya han localizado el origen de las coronas de color rojizo que lucen las archiconocidas cabezas: Se trata de rocas procedentes de un volcán inactivo de la zona. No todas las coronas llegaban sanas y salvas a su destino y las que se rompían fueron alineadas en uno de los márgenes de un camino que era la avenida ceremonial que conducía hasta el propio volcán. Richards asegura que “la cantera tenía un contexto sagrado, pero también industrial pues los aborígenes veían el paisaje como algo vivo y consideraban que, después de tallar la roca, los espíritu entraban a formar parte de las estatuas”.
Espiritualidad y naturaleza de la mano, una asociación común a muchas otras culturas. La de la Isla de Pascua, cuenta Hamilton (la otra cabeza visible de la investigación), “formó una sociedad bien organizada que fue capaz de gestionar de forma exitosa su entorno”. No hay duda, deberíamos aprender de una cultura que transformó más de la mitad de la superficie de sus dominios en jardines y terreno agrícola. Para ello utilizaban un complejo sistema que mantenía la humedad de la superficie y que aún se está estudiando para intentar desentrañar sus claves. Seguro que no será el último hallazgo de este equipo, que permanecerá en la isla el próximo lustro.