
Chipre tiene un problema con los burros salvajes. A saber por qué, son especialmente territoriales y han invadido una parte remota de la isla, pero no lo suficientemente remota como para evitar los daños: destrozo de sembradíos, conductores asustados y activistas medioambientales enfrentados con los habitantes de los pueblos.
El problema, además, tiene un trasfondo histórico chungo. Dipkarpaz (Rizokarpaso en griego) es un pueblo del norte de la isla que está bajo control turco desde la invasión de 1974 pero que cuenta con una importante población grecochipriota. Mehmet Demirci, su alcalde, se queja de los burros superan en número a los habitantes y deberían ser esterilizados a la fuerza o expulsados a Turquía. Demirci dice que hay cerca de mil burros, todos protegidos por las autoridades turcochipriotas.
Los burros en cuestión deben tener una increíble capacidad de superviviencia, porque no han tenido ningún cuidado humano y, sin embargo, se han multiplicado por la península de Karpas. La mayoría de los residentes de esta zona les tienen más bien manía y, al igual que el señor alcalde, creen que mil burros silvestres son demasiados para los 300 kilómetros cuadrados que tiene la zona.
Algunos se han puesto de los nervios con la situación. Según Demirci, al menos tres vecinos han sido condenados por matar burros. Han recibido multas de mil euros y se han salvado de la cárcel por los pelos, porque matar intencionalmente a un animal protegido está penado con siete años de prisión.
Los conservacionistas de la zona proponen que se mantenga una población sostenible de burros, distribuidos en santuarios que podrían ser ofrecidos a los turistas como atracciones turísticas ecológicas.
Vía | www.independent.co.uk
Fotografía | Franco Pecchio
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