
No es que el titular sea especialmente novedoso, la tortura de un animal por pura diversión es la mejor definición de las peleas de gallos, caza del zorro, corridas de toros o de ciertas fiestas populares. En el caso de las corridas o peleas, los que acuden son sólo espectadores -cómplices al fin y al cabo- y, en el resto existe la capacidad de participar activamente en el acto cruel, que quizás sea menos hipócrita pero igualmente despreciable. Bueno, quien sea capaz de disfrutar (e incluso pagar por ser testigo) de algo así se define por sí mismo. Es el caso de las corralejas colombianas, una fiesta popular en que se torean varios novillos a la vez.
La más (tristemente) famosa es la de Sincelejo pero nos vamos a detener en la que se celebra en una población situada al noreste del país, en Sabanalarga. Algunos de sus habitantes, en lamentable estado de embriaguez, convirtieron la ya de por sí deplorable tradición en una auténtica carnicería. A todo lo dicho se suma un pecado más: la cobardía. Este grupo de personas –casi una veintena- aprovecharon que uno de los toros se enredó con un cable y cayó al suelo inmovilizado para propinarle patadas, puñetazos, golpes con palos, banderillas y cuchillos. Propongo instalar sacos de punching en lugares públicos como los que usan los boxeadores para que suelten toda esa adrenalina.
Te preguntarás, pero, ¿hubo alguna reacción por parte de las autoridades? Carlos Roca, el alcalde de Sabanalarga, repudió la actitud pero defendió la realización de las corralejas pues “se trata de una costumbre para municipios como éste en los que la ganadería es una importante fuente de empleo”. ¿Diría lo mismo si esos puestos de trabajo los produjera una fábrica de minas antipersona? Es el peligro de la política del todo vale. El alcalde insiste: “Dejar de realizar las corralejas en Sabanalarga es como si a Barranquilla le quitaran su carnaval”. ¿De verdad quiere que su población sea conocida por un acto de maltrato animal? Eso retrata su ideario.
Orlando Beltrán, presidente de la Asociación por la Defensa de los Animales y la Naturaleza de Colombia, confirma como la población apoya estas actividades por considerar cultura tradicional lo que “a la hora de la verdad no es más que un estado de barbarie”. Beltrán tiene en su haber ser uno de los impulsores de la campaña que logró que Zapatoca fuera la primera ciudad en Colombia y la segunda en el mundo en prohibir las corridas de toros.
La preocupación tiene una dirección pero dos sentidos. Hace unos días Ibaldo José Hernández falleció debido a las corneadas sufridas durante las corralejas de Sincé Sucre. Este hombre, de 38 años de edad, cometió la imprudencia de asistir a uno de estos eventos sanguinarios en estado de embriaguez. En estos casos, la arena se tiñe del rojo de la sangre de animales y seres humanos… doblemente triste.
En este punto es interesante recordar como la organización Anima Naturalis señala que en Colombia existen normas que defienden a los animales, en concreto una ley de 1989 cuyo texto asegura que “los animales tendrán en todo el territorio nacional especial protección contra el sufrimiento y el dolor, causados directa o indirectamente por el hombre, (…) el que realice cualquier conducta considerada como cruel será sancionado”. Palabras que se las lleva el viento mientras fondos públicos patrocinan festejos como las corralejas o continúan las apuestas en torno a las peleas de gallos. La reflexión del activista medioambiental Orlando Beltrán considero que son el mejor colofón posible al asunto:
El ser humano muchas veces se cree dueño de los animales y de la naturaleza, sin entender que en realidad es parte de ella. Los psicólogos han demostrados que muchas veces estos ataques se producen cuando el ser humano se olvida de lo que es y se deja llevar por su violencia interior (O. Beltrán, adaptación libre).
Vía | www.animanaturalis.org
Fotografía | alextorrenegra
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