
La antesala a la COP15 no deja de dar sorpresas. Cuando todos habían perdido la esperanza de que Barack Obama, el presidente sin el que ahora parece que se pueda lograr nada, estuviera presente en la cita de diciembre, él acaba de decir que viajará a Copenhague el próximo mes si la cumbre sobre el clima tiene posibilidades de conseguir un acuerdo marco y su presencia allí aumenta esas posibilidades.
Es decir, que está más que aceptado que a lo más que podemos aspirar después de tantos meses de expectación es a un acuerdo marco. El acuerdo que temían los países en desarrollo. El acuerdo al que Ángela Merkel nos dijo que tendríamos que resignarnos. Y además, tenemos que estar agradecidos de que Obama quiera ir a echarnos una mano para obtenerlo. En fin, al menos parece que las críticas europeas a la actitud actual de Estados Unidos sobre la limitación de las emisiones ha tenido algún efecto.
Ciertamente, Obama no lo ha tenido fácil en casa en lo que a luchas medioambientales se refiere. Los republicanos, e incluso algunos demócratas, se han opuesto a su propuesta de establecer topes a las emisiones de gases de efecto invernadero. La ley que englobaría estos topes está siendo esperada con impaciencia por los países desarrollados, que parecen necesitar saber cuál será el compromiso de Estados Unidos para hacer los suyos propios.
Pero el Senado estadounidense no aprobará esta legislación sobre el cambio climático antes de Copenhague, un retraso que ha molestado a los aliados europeos de Estados Unidos y añadido dudas acerca de cuán significativo será un pacto que surja en la COP15.
La clave, para Obama, está en que Estados Unidos y China, los dos principales emisores del mundo, acuerden un tratado marco en el que también estén de acuerdo los grandes emisores europeos y los países que se proyectan como grandes emisores en el futuro.
Vía | www.reuters.com
Fotografía | jonny goldstein
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