Quema de turberas en Indonesia: fuente de CO2 y factor olvidado del cambio climático

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Vista satelital del humo proveniente de incendios de turberas en Indonesia en 1997
En la isla de Borneo, Indonesia, el avance de la frontera agrícola está drenando vastas zonas pantanosas, dejando al descubierto turba acumulada durante milenios, un combustible fósil formado de residuos vegetales que contiene mucho dióxido de carbono (CO2). Las turberas, por lo general, se queman, dando lugar a incendios que tardan semanas en apagarse y que liberan a la atmósfera grandes cantidades de CO2.

Seguramente se trate de una de las mayores y más olvidadas causas del cambio climático: las turberas, formados durante miles de años a partir de árboles, pasto y maleza en descomposición, ha convertido a Indonesia en el tercer emisor de gases de efecto invernadero del mundo, sólo detrás de China y de los Estados Unidos.

La destrucción de los pantanos para su uso agrícola (al igual que tantos otros ecosistemas) es sin duda un negocio rentable. La gran pregunta es cómo hacer que la preservación de la naturaleza sea algo lucrativo, también. El comercio de carbono fue ideado para justamente eso, al permitir que los países en desarrollo redujeran sus emisiones al vender créditos de carbono. Pero este, y otros incentivos puestos en marcha desde la conferencia de Naciones Unidas de Kioto en 1997, no han servido para proteger las turberas de Indonesia. Además, varios grupos ecologistas, como Greenpeace, lo critican.

Madereros, plantaciones de palma aceitera y grandes infraestructuras estatales, han reducido a la mitad los bosques de Borneo y de buena parte de Indonesia. Los incendios, mientras tanto, se han vuelto más frecuentes y graves. Durante siglos, los habitantes de Borneo han quemado bosques para crear parcelas para la agricultura. Pero lo que solían ser pequeños incendios controlados se han convertido en temibles incendios de turba seca.

La estimación de las emisiones de carbono de las turberas deforestadas es complicada e inexacta. Incluso cuando no quema, la turba seca va soltando un lento pero constante flujo de dióxido de carbono, además de otros gases. Y una vez que prende fuego, las cantidades se disparan.

En 2006, una investigación neerlandesa dio a conocer que las turberas de Indonesia liberaban cerca de 1,9 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono anualmente (el equivalente a las emisiones combinadas de Alemania, Gran Bretaña y Canadá). En el año 1997, en que se vivió una temporada de incendios especialmente virulenta en Borneo (en la imagen de cabecera, vista satelital del humo resultante), la cantidad fue cuatro veces mayor (más que las emisiones totales de los Estados Unidos en ese período).

El gran problema es que la economía en Borneo y en Indonesia en general pasa por destruir el medio ambiente. Por ejemplo, Hadrianyani, bombero en Taruna Jaya, tiene otro trabajo: limpiar las turberas de árboles y matorrales (algo que gracias al uso del fuego resulta más fácil). Resulta que por esa tarea le pagan cerca de 8 dólares por día, el doble de lo que gana haciendo de bombero y apagando fuegos… Y si no es en eso, la población local es empleada en las plantaciones de caucho y de aceite de palma, que de igual forma destruyen los bosques y las turberas de la isla indonesia.

Según muchos expertos, la única esperanza que queda para frenar, e incluso revertir, esta situación, es el comercio de carbono o los créditos por deforestación evitada (aunque grupos como Greenpeace lo critican). Por ello, se espera que los delegados en la conferencia de Copenhague del próximo mes acuerden ampliar el sistema de incentivos de conservación para preservar las turberas de convertirse en humaredas de CO2.

Vía | www.washingtonpost.com
Fotografía | en.wikipedia.org

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