
Jamás he estado en Asia y, sin embargo, el Mekong tiene un significado especial para mí. Me recuerda películas como El Amante (Jean-Jacques Annaud, 1992) o El americano impasible (Joseph L. Mankiewicz, 1958), en las que el río tiene un papel casi protagónico. Por eso me ha entristecido especialmente saber que el gobierno de Tailandia ha revivido un proyecto para construir una presa en el Mekong.
Las autoridades tailandesas encargadas del proyecto han dicho que el país sufrirá si no logra desarrollar esta represa, pues el río ofrece grandes beneficios. Los estudios de la zona han determinado tres lugares en los que podría construirse esta infraestructura, que podría generar unos 4 mil megavatios de electricidad y, además, almacenar agua para la irrigación de las tierras de cultivo.
El gobierno ha prometido diseñar la presa de forma que se minimice su impacto medioambiental, pero una presa es, eso, una presa, una mole de concreto que difícilmente puede pasar desapercibida y que –es su razón de existir- altera el caudal natural de los ríos.
Los activistas de Montree Chantawong, de la Foundation for Ecological Recovery, han dicho exactamente lo mismo: no importa cuán bien los ingenieros logren diseñar la presa, estructuras tan grandes como esas, que alteran el flujo de los ríos, inevitablemente dañan el ecosistema de las zonas en las que se construyen.
Tailandia pedirá consejo a China sobre cómo llevar este tipo de instalaciones en el río, lo grave es que el resto de los países por los que pasa el Mekong han expresado en repetidas ocasiones su preocupación sobre el impacto que las presas chinas han tenido en el volumen de agua. Los propios agricultores tailandeses sospechan que las inundaciones inusuales que se produjeron el año pasado tuvieron su causa en la apertura abrupta de las compuertas de las presas chinas.
Vía | www.bangkokpost.com
Fotografía | Fredrik Thommesen
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