Un iceberg del tamaño de Luxemburgo se ha desprendido de un glaciar en la Antártida después de chocar contra otro iceberg gigante, lo que podría afectar los patrones de circulación oceánica. El iceberg tiene 2.500 kilómetros cuadrados de superficie y se desprendió a principios de este mes del glaciar Mertz.
Los científicos dicen que el gigantesco iceberg, que está flotando al sur de Australia, podría bloquear un área que produce un cuarto del agua marina densa y muy fría del mundo, conocida como agua de fondo. Este agua impulsa las corrientes oceánicas, así que los científicos dicen que los patrones meteorológicos podrían verse afectados en las próximas décadas.
Rob Massom, científico senior de la División Antártica Australiana y del Centro de Investigación Cooperativa sobre Clima y Ecosistemas Antárticos en Hobart, Tasmania, dice que la separación de este iceberg en sí no ha estado directamente relacionada con el cambio climático, sino con los procesos naturales que ocurren en las capas de hielo.
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El U.S. Geological Survey (USGS) presentó ayer lunes algunas conclusiones obtenidas de un estudio realizado en colaboración con la British Antarctic Survey y el apoyo del Scott Polar Research Institute y el Bundesamt fur Kartographie and Geodasie de Alemania. Es relevante por ser el primero en mostrar que todos los frentes de hielo flotante de la sección sur de la Península Antártica vienen derritiéndose desde 1947.
Aclaremos que tal península se encuentra más al norte que la Antártida continental, digamos, y sus temperaturas son más cálidas. Pero incluso en las partes más al sur, y por lo tanto más frías, las capas de hielo flotante están desapareciendo. El sitio donde mejor se escenifica lo que está sucediendo es la isla Charcot, que desde 1800 por lo menos estaba conectada con un puente de hielo con la península Antártica. Ya no.
Otro dato que me ha parecido muy interesante es que estas capas de hielo flotante sobre el mar actúan como diques para los glaciares que cubren la Antártida continental, la tierra firme. Si se funde el hielo sobre el mar, el que está sobre la tierra fluye mucho más rápido hacia el océano…
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Muchos de los grandes destinos turísticos temblarían con sólo imaginar que vamos a poner un pie en ellos. Las islas Galápagos, la Antártida, Angkor, Dubai o Bombay son ejemplos de lugares que están pagando un alto costo ambiental y a los que, por supuesto, es mejor no ir.
Viajar es maravilloso, pero el turismo deja huella. Los beneficios económicos no siempre superan a los perjuicios medioambientales, que provocamos no sólo con los desplazamientos en avión, sino atancando al medio ambiente local o, también, a las culturas lugareñas.
Las islas Galápagos son un lugar único para observar la biodiversidad en su medio, pero la naturaleza puede hacer mutis por el foro si las visitas y los asentamientos continúan al ritmo actual. La UNESCO ya advirtió en el 2007 que la situación es insostenible. ¿Una alternativa? Las islas Ballestas, una reserva natural de 700.000 hectáreas conocida como las Galápagos peruanas. No se puede desembarcar en la isla, pero desde el barco verás lobos marinos, pingüinos, pelícanos y gran variedad de especies de aves.
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Los países que administran la Antártida podrían pronto imponer un nuevo código de control muy estricto sobre el número de barcos que navegan por los océanos del sur, así como sobre la cantidad de pasajeros que transportan, y el tipo y cantidad de combustible que utilizan. El objetivo es reducir el número de buques que transportan turistas a la región, a través de exigencias como que los cascos de todos los buques tengan reforzamiento para resistir el hielo y que no utilicen combustible pesado.
En una reunión en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, un grupo conformado por expertos comisionados por los países signatarios del Tratado Antártico -la principal herramienta para la gestión del continente- y por la Organización Marítima Internacional, está discutiendo planes para imponer un código obligatorio, un Código Polar, para controlar a todos los barcos que navegan por la región.
El código establecerá normas para el diseño de una amplia gama de equipos de seguridad para los barcos, sus operaciones y la formación de la tripulación para la navegación por el hielo, medidas necesarias para limitar los accidentes en la región, donde las tormentas de aguanieve, las nieblas y los fuertes vientos representan un gran peligro para los barcos. Un derrame de combustible u otro tipo de accidente en la región tiene un impacto negativo inmediato sobre la vida animal autóctona.

De acuerdo con un estudio elaborado por científicos de la Universidad de Texas y publicado ayer en la revista arbitrada Nature Geoscience, la gran capa de hielo del Antártico Oriental ha perdido billones de toneladas de hielo desde 2006. En cuanto a la capa de hielo occidental, más pequeña, podría desintegrarse rápidamente. De hacerlo, liberaría agua suficiente para elevar el nivel global del océano unos cinco metros.
Este nuevo factor añade aún más presión sobre las naciones insulares cuyo territorio se eleva poco sobre el nivel del mar, pues los científicos han advertido que un aumento de tan sólo un metro las afectaría considerablemente, así como a los deltas del mundo. En 2007, el Panel Intergubernamental de Naciones Unidas para el Cambio Climático advirtió que el nivel del mar aumentaría entre 18 y 59 centímetros para 2100. Sin embargo, esta estimación no tomó en cuenta el potencial derretimiento de las capas de hielo del Antártico y Groenlandia.
El estudio de la Universidad de Texas se ha basado sobre los datos recogidos por los satélites Grace hasta enero de 2009. Estos satélites detectan flujos de masas en el océano y las regiones polares a través de la medición de los cambios en el cambio gravitacional de la tierra. Los resultados señalan que el Antártico oriental está perdiendo aproximadamente 57 billones de toneladas de masa anualmente.
Continúa la lectura: La capa de hielo del Antártico oriental se derrite más rápido de lo previsto

Retrocedemos en el tiempo unos millones de años, no tanto como para encontrarnos con Manny el mamut, Diego el de los dientes de sable y el perezoso Sid, pero sí como para situarnos en el Eoceno (hace 55 millones de años, cien arriba o abajo). En esta Era geológica se registró el conocido como Máximo Térmico en el que la temperatura media terrestre aumentó en seis grados y subió el nivel de los océanos. Y todo ello en apenas veinte mil años, léase lo de apenas desde un punto de vista geológico, claro.
Fue una Era de brusco cambio climático –aseguran que debido a la actividad volcánica y el gas metano almacenado en los sedimentos oceánicos- que provocó la extinción de muchas especies marinas y cambios en los mamíferos, que tomaron rumbo hacia su aspecto actual. Pero todo se acaba, incluso el Eoceno, y su fin llegó marcado por el fin de este efecto invernadero natural. Hace 34 millones de años la Tierra experimentó un enfriamiento gradual y fue entonces cuando el aspecto del planeta volvió a cambiar: El nivel de los mares bajó y los bosques templados comenzaron a desplazar a la vegetación tropical en muchas áreas.
Lo que se acaba de hacer público es una investigación que explora el efecto de este enfriamiento en la Antártida. Han descubierto que fue entonces cuando se formaron los glaciares y la capa de hielo que actualmente cubre el continente blanco. Sólo esperemos que no sea la ocasión que aguardan los negacionistas del cambio climático para hacernos creer que el proceso actual es también parte de una Era geológica y que la actividad humana nada tiene que ver con ello. Y menos cuando ya quedan pocas hojas del calendario por arrancar para llegar a la fecha de celebración de la Cumbre de Copenhague.
Continúa la lectura: El hielo de la Antártida se formó tras una etapa de efecto invernadero natural

Dice el refrán que No hay mal que por bien no venga. Pero hay males que no compensan el bien que causan. Por ejemplo, puede parecer una excelente noticia que la ruta marítima entre Corea del Sur y Holanda se haya reducido en tres mil millas náuticas y diez días de travesía por lo que conlleva de ahorro de combustible. Pero si este hecho positivo está provocado porque el hielo del Océano Ártico se hace cada vez más fino y desaparece debido al calentamiento global pues la cosa cambia, ¿no?
Los datos enviados por los satélites de la NASA lo dejan claro: el hielo se retira en verano y el Ártico se calienta más y más. Un efecto que se explica por el aumento de las temperaturas -las más altas en el Polo Norte en los últimos dos mil años- ligado a la emisión de gases de efecto invernadero. Y como no se trata de la Antártida, es decir, un continente con tierra firme, pues el antes temido Océano Ártico va camino de convertirse en una ruta marítima habitual para el tránsito de mercancías. Por supuesto, los empresarios del ramo, atentos a cualquier oportunidad de negocio, se han lanzado a abrir una ruta que reduce costes y tiempo.
La compañía que ha roto el hielo –es una frase hecha pues no hay hielo que romper- ha sido la alemana Beluga Group. Dos de sus buques (el Fraternity y el Foresight) tenían que transportar varias decenas de contenedores y sendas turbinas de gas a centrales en construcción, una en la bahía de Ulsan (Corea del Sur) y la otra en Surgut (Rusia). En otras circunstancias lo habrían hecho navegando a través del Canal de Suez hasta el Mediterráneo porque el paso del Noreste era una vía impensable. Pero, llegados a este punto, los cargueros teutones (y su carga de más de tres mil toneladas) pusieron rumbo al norte escoltados por dos barcos rompehielos cuya presencia fue innecesaria: No había apenas hielo que atravesar.
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Los científicos han descubierto que las orcas (Orcinus orca) crean clubes sociales y se reúnen en grandes grupos, al igual que hace la gente. Estas agrupaciones se ven en numerosos lugares alrededor del mundo, como la Columbia Británica, Alaska, Islandia o la Antártida. Pensándolo bien, ¿por qué las ballenas no iban a hablar entre ellas de sus cosas?
Esto mismo se preguntaron los investigadores de la Universidad Estatal de Moscú y del Far East Russia Orca cuando observaron y fotografiaron a las ballenas en el Golfo Avacha, frente a las costas rusas. Se subieron a un barco y estudiaron su comportamiento, eso sí, desde 100 metros de distancia, para no molestarlas. Finalmente, su esfuerzo y desvelos tuvieron su recompensa. Esto fue lo que averiguaron:
Se sabía que las ballenas forman enormes grupos (de hasta 100 ejemplares) de vez en cuando, y que normalmente viven en vainas, grupos más pequeños de entre 10 y 20. Pero se desconocía por qué hacían lo primero. Hasta ahora, pues este proyecto, financiado en su mayor parte por la Whale and Dolphin Conservation Society (WDCS), concluye que estos grupos actúan como clubes en los que las orcas mantienen los vínculos sociales.

A principios de marzo finalizó un experimento de tres meses realizado por una expedición indio-alemana que consistía en fertilizar 300 kilómetros cuadrados del Atlántico Sur con 20 toneladas de sulfato de hierro. El objetivo del proyecto Lohafex (loha significa hierro en hindi) era provocar el florecimiento de fitoplancton que duplicaría su biomasa tomando dióxido de carbono del agua de mar. Pero la absorción de CO2 fue insignificante, porque al fitoplancton se lo comieron los crustáceos.
Al poco de esparcir las limaduras de hierro en el océano, los científicos del rompehielos alemán Polarstern, captaron un incremento inusual de algas microscópicas. Dos semanas después éste aumento de población fue consumido por los copépodos, unos pequeños crustáceos de cuerpo transparente, quienes a su vez se convirtieron en comida para los anfípodos, que sirven como alimento para calamares y ballenas. La naturaleza no perdona y la cadena alimentaria actuó rápidamente frustrando el intento de los investigadores de bajar los niveles de dióxido de carbono.
Investigadores del Instituto Alfred Wegener de Investigaciones Polares y Marinas informaron que éste efecto de pastoreo no se había visto en anteriores experimentos de fertilización. Y los resultados inesperados no terminaron aquí. En otras ocasiones estos ensayos de fertilización provocaban un crecimiento de diatomeas, un tipo de alga unicelular con una capa protectora de sílice. Pero en esta ocasión no hubo un aumento de población de esta especie debido a que las aguas de la zona son bajas en ácido silícico esencial para su desarrollo.
Continúa la lectura: Crustáceos se comen un experimento para fertilizar el océano

Ilustrando este post veis un fotograma de Encuentros en el fin del mundo (Encounters at the end of the World, 2007), del director alemán Werner Herzog, nominado al Oscar 2009 en la categoría de mejor documental. La película se grabó en la estación antártica de McMurdo durante todo el verano austral.
Fue una empresa de dos en la inmensidad de la Antártida: Herzog, encargado del sonido durante la grabación, y el camarógrafo Peter Zeitlinger. Ambos decidieron bajar al polo Sur sin saber si encontrarían a alguien. El proceso fue tan intenso que Herzog ha admitido que ha sido la única película de su extensa carrera que ha tenido miedo de hacer.
De octubre a febrero de 2007, Herzog y Zeitlinger compartieron vida con los científicos de la National Science Foundation que trabajan en la estación McMurdo, en la isla Ross. Las grabaciones son alucinantes, paisajes de un blanco infinito y profundidades marinas. Os dejo el trailer después del salto.