
La planta carnívora de montaña de Borneo tiene una suerte de boca o cántaro que tiene el mismo tamaño del cuerpo de la musaraña de árbol. Lo natural sería pensar, como de hecho de ha sucedido hasta ahora, que esta forma responde a un objetivo: comerse al animal. Pues bien, de acuerdo con un estudio que ha sido publicado en la revista científica New Phytologist, el objetivo de tal boca es comer sí, pero no a las musarañas sino sus excrementos.
Podríamos decir que la planta estaba diseñada para ser una especie de inodoro para musarañas pero terminó convirtiéndose en un depredador. Un fin menos indigno, quizá. Cómo ocurrió este desliz quizá se explique precisamente así: con un desliz del animal, un corrimiento de pata que hizo que terminase dentro de la planta. Sin embargo, esto nos recuerda el caso de otra planta de Borneo, la sarracenia, de la cual se ha dicho que florece cuando es usada como inodoro.
Se cree que la Nepenthes rajah es la planta carnívora más grande del mundo. Se creía que tenía ese cántaro tan grande para engullir a los animales que atraía con una sustancia. Sin embargo, el doctor Charles Clarke, experto en plantas carnívoras del campus de la Universidad Monash en Malasia, nunca había visto a un animal atrapado dentro de la planta, así se preguntó si realmente ese era el objetivo de aquel cántaro: que los animales cayesen en él, se ahogasen en el líquido que suele contener y luego fuesen engullidos.

En la isla de Borneo, Indonesia, el avance de la frontera agrícola está drenando vastas zonas pantanosas, dejando al descubierto turba acumulada durante milenios, un combustible fósil formado de residuos vegetales que contiene mucho dióxido de carbono (CO2). Las turberas, por lo general, se queman, dando lugar a incendios que tardan semanas en apagarse y que liberan a la atmósfera grandes cantidades de CO2.
Seguramente se trate de una de las mayores y más olvidadas causas del cambio climático: las turberas, formados durante miles de años a partir de árboles, pasto y maleza en descomposición, ha convertido a Indonesia en el tercer emisor de gases de efecto invernadero del mundo, sólo detrás de China y de los Estados Unidos.
La destrucción de los pantanos para su uso agrícola (al igual que tantos otros ecosistemas) es sin duda un negocio rentable. La gran pregunta es cómo hacer que la preservación de la naturaleza sea algo lucrativo, también. El comercio de carbono fue ideado para justamente eso, al permitir que los países en desarrollo redujeran sus emisiones al vender créditos de carbono. Pero este, y otros incentivos puestos en marcha desde la conferencia de Naciones Unidas de Kioto en 1997, no han servido para proteger las turberas de Indonesia. Además, varios grupos ecologistas, como Greenpeace, lo critican.