
La primera vez que vi el relámpago del Catatumbo tenía diez años. Hacía un viaje en coche con mis padres desde la punta más oriental de Venezuela hacia Los Andes, al oeste. No es un relámpago sino una sucesión de relámpagos impresionantes que caen sobre el agua sin que, he aquí lo más curioso, haya tormenta o lluvia. Siempre ha estado allí, desde que los indios le pusieron nombre (significa eterno resplandor en las alturas), hasta ahora. La sequía y el deterioro medioambiental lo han hecho desaparecer desde finales de enero, la ausencia más prolongada en los últimos 104 años.
El Relámpago del Catatumbo se produce entre 140 y 160 noches al año -con una frecuencia de hasta 280 veces por hora hasta durante diez horas- sobre las ciénagas de la desembocadura del río Catatumbo en el Lago de Maracaibo, al oeste de Venezuela. Más de millón y medio de descargas eléctricas al año, cada una con una intensidad mínima de cien mil amperios, cuya luz se puede percibir hasta a 400 kilómetros de distancia.
El Niño, fenómeno climático que perturba los patrones climáticos globales, ha causado una sequía severa en Venezuela que, entre otras consecuencias, ha mermado el caudal de los ríos. Además, el ecosistema de las ciénagas se está deteriorando debido a que se están formando en sus adyacencias asentamientos humanos, ilegales pues toda la zona forma parte del Parque Nacional Ciénagas de Juan Manuel de Aguas Claras y Aguas Negras.
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En los últimos cinco años, los científicos de la Sociedad Zoológica de Londres (ZSL) han registrado una caída de 98% en el número de anguilas europeas en el río Támesis. Los conservacionistas están preocupados de que la anguila, antes tan abundante que era el ingrediente principal de muchos platos emblemáticos del Este de Londres desde hace siglos, ya no vuelva al río.
Nadie sabe exactamente por qué las anguilas están desapareciendo. Probablemente sea el resultado de varios factores más que la consecuencia de uno sólo. Por ejemplo, los cambios en las corrientes oceánicas a causa del cambio climático, las estructuras artificiales que se han construido en los ríos tales como represas, e incluso la presencia de ciertos parásitos. De acuerdo con los conservacionista del Támesis, es difícil determinar lo que causó el cambio, porque no hay suficientes datos sobre las poblaciones de anguila.
En cualquier caso, su desaparición refleja una disminución masiva en toda Europa, situación que ha llevado a que la anguila sea clasificada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como en peligro crítico. La desaparición trae malos recuerdos a los londinenses, pues fueron ellas y los lenguados las dos primeras especies de peces que volvieron al río Támesis después de que el estuario se considerara biológicamente muerto en la década de 1960.
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Un estudio realizado por la Universidad de Cambridge y que ha sido publicado en la revista Latin American Antiquity, sugiere una teoría sobre la relación que nuestros antepasados tenían con el medio ambiente: la civilización Nazca, que se desarrolló en la costa Sur de Perú y cuyos dibujos a gran escala hechos sobre el desierto son mundialmente conocidos, pudo haber desaparecido en parte porque infligió un gran daño al ecosistema en el que se desarrolló.
Un grupo de arqueólogos que ha estado estudiando los restos de esta civilización han establecido una secuencia de eventos inducidos por el hombre que podrían haber conducido al colapso de dicha civilización alrededor del año 500 antes de Cristo. Los Nazca deforestaron áreas cubiertas por bosques de árbol de huarango durante varias generaciones para cultivar maíz y algodón.
El árbol, no obstante, tenía un papel crucial en la supervivencia del ecosistema del desierto, pues aumentaba la fertilidad y humedad del suelo. A la larga, los Nazca talaron tantos árboles que el ecosistema ya no pudo recuperarse de su aridez. Fue entonces cuando se produjeron inundaciones similares a las que causa El Niño y, al no haber bosque que frenara el agua, las consecuencias fueron catastróficas.

Quienes seguís este blog con cierta regularidad, sabéis que la desaparición de las abejas en Europa es un problema que se está tomando con mucha seriedad. Sólo faltaba un documental que llevara la situación al conocimiento del gran público, y ya está aquí: Vanishing of the Bees. Ha sido producida por The Co-operative Group, una empresa británica especialmente conocida por su cadena de supermercados, Coop, y se estrenará en el Reino Unido la semana que viene.
Vanishing of the Bees, cuyo trailer podéis ver después del salto, se centra en el fenómeno conocido como Colony Collapse Disorder –CCD, desorden del colapso de la colonia- en el que las abejas abandonan la colmena, desapareciendo sin que alguien sepa porqué:
miles de apicultores de todo el mundo han salido de sus centros de reproducción de abejas y admitido el mismo problema, y algunos informan de pérdidas de más de 90% de sus colonias. Y no se encuentran abejas muertas por ninguna parte. Se estima que el CCD se ha traducido en la muerte de más de una cuarta parte de los 2,4 millones de colonias de abejas en al menos 35 estados de Estados Unidos.

Gunma es una de las provincias que ocupan el centro de la isla principal de Japón. En su zona norte nos encontramos con una cadena montañosa en la que se sitúan los tres picos más altos, conocidos como los Jyomo. Uno de ellos, el monte Akagi, es considerado el símbolo de la región y, en su cumbre, hay dos lagos que ocupan sendos cráteres y que atraen a multitud de visitantes. De esta cordillera nacen cuatrocientos ríos y arroyos que convergen con el río Tone -el tercero más grande de Japón tras el río Shinano y el Ishikari- y dan vida a las praderas de lirios y azaleas que encuentran a su paso. Pero es en otoño cuando los japoneses visitan con mayor frecuencia esta zona, que forma el Parque Nacional de Oze.
Pues ha sido en este idílico lugar donde se cree que ha desaparecido Yoshito Usui, muy popular en el país del Sol Naciente por ser el padre de Shin Chan. Y digo se cree porque fue adonde este dibujante de cincuenta años comentó a su familia que se dirigía. No descarto la posibilidad de que haya querido apartarse del mundanal ruido –que decía Fray Luis de León- sin sospechar que su desaparición se fuera a convertir en noticia a nivel mundial. Lo cierto es que ha pasado una semana y no hay rastro de Usui que, al igual que muchas otras personas, era asiduo a los parajes de Oze, un lugar ideal -aseguran- para practicar ciclismo, pesca, esquiar… Lo suyo, en concreto, era el senderismo y la escalada.
A Yoshito Usui le gustaba hacer trekking en solitario así que las pistas son esacasa. Cuando no regresó a casa esa noche, su familia informó de la desaparición a la policía de Kasukabe –su ciudad natal y escenario de las aventuras de Shin Chan- y ésta puso en marcha la búsqueda. Pasados unos días, y ante la ausencia de pistas, la investigación ha ampliado su radio de acción. Usui llevaba su teléfono móvil encima, pero nadie responde a las insistentes llamadas.
Continúa la lectura: El creador de Shin Chan desaparece practicando senderismo en un Parque Nacional
Si escuchas decir de un animal que es anádromo, en un primer momento piensas que tu interlocutor lo odia profundamente. Pasados unos instantes caes en la cuenta, si de salmones se está hablando, que lo de anádromo no es un insulto sino que se refiere a su costumbre de migrar al océano y regresar al río donde nacieron para procrear. De hecho, se calcula que un noventa por ciento de los salmones regresan al mismo río que les vio nacer. El protagonista de esta historia es una de las variedades de salmón más abundantes en las aguas del océano Pacífico. En su etapa de agua dulce adopta un color rojo brillante y es conocido como Sockeye, voluntariosa adaptación que los británicos que llegaron a la zona hicieron del nombre original indígena.
Hace unos años habríamos llamado a Paco Lobatón y ahora acudiríamos al agente Malone, protagonista de Sin Rastro. El caso es que en la región del río Fraser –en la costa canadiense del Pacífico– echan de menos a los millones de salmones sockeye que remontaban su corriente cada año. Y eso que el Fraser fue considerado el río más concurrido del mundo en época de desove. Más de diez millones salmones sockeye remontaban cada verano el Fraser, pero los últimos tres años se estima que han llegado menos de un millón. ¿Nueve millones menos? Vale que la crisis afecta al turismo, pero a los salmones.
El gobierno canadiense no ha dudado en tomar medidas drásticas como cerrar el río a actividades recreativas por tercer año consecutivo, una decisión que afecta al medio de vida de las reservas indias, que viven de la navegación y la pesca en esta época del año. Stan Proboszcz, biólogo de la Watershed Watch Salmon Society, califica la desaparición de “chocante y misteriosa”. Pese al asombro que provoca este hecho en la comunidad científica no faltan teorías que tratan de explicar la desaparición de los salmones sockeye a su cita anual:
Continúa la lectura: Misteriosa desaparición de millones de salmones en un río canadiense

A la hora de elegir una banda sonora que me acompañe mientras tecleo estas líneas lo tengo claro: Marcos Valle. En concreto Escape, su disco de 2001. Y no sólo por que la mezcla de Bossa Nova y ritmos electrónicos es una compañía idónea sino porque había una canción que quería volver a escuchar: O Ìndio é o Brasil (El Indio es el Brasil). El propio Marcos contaba como la compuso “porque creía que los indígenas debían ser una parte importante de Brasil. Ahora viven en zonas concretas a las que hay gente que llega y hace suyas. No se habla suficiente de su situación”. Precisamente para sensibilizar acerca de esa situación de la que habla el veterano cantante carioca nació el Día de los pueblos indígenas, que se celebra el próximo domingo 9 de agosto.
La organización Survival –dedicada a la defensa de los pueblos indígenas desde hace cuarenta años– centra sus esfuerzos en una campaña que intenta que todos los estados ratifiquen la legislación que protege a los indígenas. Una causa que va de la mano de forma indisociable con la protección del medio natural donde viven estos pueblos. El tratado internacional en cuestión es el llamado Convenio 169, un documento promovido por la OIT (Organización Internacional del Trabajo) que reconoce el derecho de propiedad de las tierras que habitan, su igualdad con respecto a cualquier otro ciudadano y su libertad en la toma de decisiones acerca de temas que les afecten.
Los responsables de la campaña de Survival explican como este convenio es más poderoso que la Declaración sobre Pueblos Indígenas de la ONU porque obliga a los gobiernos que lo ratifican a su cumplimiento. Entre los estados que han firmado están la mayor parte de los centroamericanos y sudamericanos así como tres de la Unión Europea (entre ellos, España). Pero aún queda mucho camino por andar: Australia, Canadá o EE.UU. no se han sumado al tratado pese a que sus fronteras acogen pueblos indígenas. Tampoco lo han ratificado países como Gran Bretaña o Francia escudándose en argumentos tan ridículos como que en su territorio no habitan indígenas. Lo ridículo se convierte en actitud hipócrita cuando se descubre que empresas de titularidad estatal de ambos países tienen intereses comerciales en tierras habitadas por pueblos indígenas. Una mente malpensada podría pensar que no quieren atarse las manos ante futuras (o pasadas) tropelías.

Las camas o praderas de pastos marinos, plantas que crecen en aguas poco profundas, son esenciales para la supervivencia del ecosistema oceánico. Además de albergar a muchas especies de peces y algas, los pastos marinos puede absorber grandes cantidades de dióxido de carbono. Desgraciadamente, el ritmo de desaparición de esta vegetación -29% ha desaparecido desde 1879- está aumentando.
De acuerdo con un estudio que será publicado en el journal estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences, la hierba marina ha estado desapareciendo a una tasa de cerca de 110 kilómetros cuadrados al año desde 1980. De hecho, puede que sólo queden cerca de 177 mil kilómetros cuadrados de pastos marinos en todo el mundo.
Seagrass Recovery estima que 70% de toda la vida marina en el océano depende directamente de los pastos marinos. Un acre de estas plantas –las únicas que pueden vivir enteramente en el agua- puede almacenar cerca de 8 toneladas métricas de carbón por año, lo que equivale a la cantidad de CO2 emitida por un coche que se desplaza más de cinco mil kilómetros.
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Confieso que no me he enterado de esto hasta ayer, cuando he leído la columna de George Monbiot en el diario inglés The Guardian: hace dos semanas comenzó la evacuación de los primeros refugiados climáticos oficiales, los habitantes de las Islas Carteret, cerca de las costas de Papúa Nueva Guinea. Lo que más sorprende a Monbiot –porque la evacuación debido al aumento del nivel del mar ya se temía- es que han sido pocos los medios de comunicación que han informado sobre la noticia.
Las Islas Carteret con pequeños atolones de coral en los que viven 2.600 personas. Dan Box, blogger de Ecologist, uno de los pocos medios en hacerse eco de la evacuación y a quien Monbiot cita en su artículo, ha narrado cómo las primeras cinco familias se han mudado a Bougainville, la isla principal de la región autónoma del mismo nombre, de la que forman parte las islas Carteret, todo en Papua Nueva Guinea. Se prepara la evacuación.
El problema principal es el aumento del nivel del mar. El punto más alto de las islas está a tan solo 170 centímetros sobre el nivel del mar, y en los últimos años sus habitantes han tenido que soportar inundaciones que han arrasado sus cultivos y dificultado enormemente su subsistencia. Después del salto, os dejo la primera parte de un reportaje especial de CNN sobre estas islas y su paulatina desaparición debido al calentamiento global.

Los pobladores de la tierra en el próximo siglo podrían perderse la bucólica vista de los manzanos cargados de fruta en los pequeños huertos de Gran Bretaña. Natural England y el National Trust han revelado que 60% de los huertos de Inglaterra han desaparecido desde 1950, así que han lanzado un proyecto de 500 mil libras esterlinas con el objetivo de detener esta desaparición.
Estas organizaciones sostienen que, si no se hace nada, los huertos desaparecerán, y con ellos un estilo de vida importante para las pequeñas comunidades y un hábitat crucial para la flora y la fauna. Muchas de las variedades más raras de manzanas se conservan en estos pequeños sembradíos rurales, así que su desaparición sería un golpe para la diversidad biológica, no digamos ya para la linguística: algunas tienen nombres tan curiosos como Polly la del pelo blanco (Polly White Hair).
La popularidad de la cidra ha crecido en los últimos años en el Reino Unido, pero este factor, en vez de acrecentar la valoración de las manzanas especiales, ha acrecentado el cultivo intensivo y a gran escala de los frutos tratados con químicos y pesticidas.
Las aves, escarabajos y otros animales que suelen anidar en los manzanos también perderían su hábitat. Incluyendo al escarabajo noble, uno de los más raros y hermosos del mundo, de un color verde metalizado, mamíferos, polillas y hasta hongos. El presupuesto será dedicado a salvar a aquellos huertos que tengan al menos cinco árboles con espacio suficiente entre ellos para desarrollar nudos, que no sean tratados con pesticidas químicos y que sean usados para pastar por las ovejas.
Vía | www.guardian.co.uk
Fotografía | Jeff Kubina
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Para Stephen Moss, naturalista habitual en los medios de comunicación y en la Unidad de Historia Natural de la BBC, los vencejos son la quintaesencia del aire. Cada año viajan desde y hasta el sur de África, 20 mil kilómetros sin tocar el suelo. Su piido, que según el folclore es el llanto de almas perdidas, señala la llegada del verano en los pueblos ingleses. ¿Pero hasta cuándo? Los vencejos pueden estar desapareciendo de las ciudades británicas.
Moss nos cuenta en The Guardian que, si las predicciones de un reciente estudio resultan correctas, en tan sólo 20 años el eco de estas aves desaparecerá de las ciudades británicas. Desde 1990, la población de estos pájaros en el Reino Unido se ha reducido 40% hasta la cifra actual: 36 mil pares. La especie podría desaparecer en las próximas dos o tres décadas.
La principal razón de este descenso poblacional es la falta de lugares en los que anidar. Solían hacerlo en los aleros de los edificios o en pequeños agujeros en los paredes, así que, vaya ironía, la renovación de nuestros hogares ha dañado los suyos.
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