
No imaginaban los pastores árabes que aquel río en torno al cual encontraron pastos abundantes sería maltratado siglos más tarde por los pobladores de la zona. Lo llamaron Wadi al-hiyaraque, que se significa Río de Piedras, las mismas que ahora no encuentran agua que las cubra. Podría tratarse de un año de escasez de precipitaciones en la península Ibérica, pero no es el caso. La respuesta hay que buscarla en quienes manejamos el planeta a nuestro capricho: el ser humano. El tramo del Guadalix que ha sido cortado a consecuencia del cierre de las compuertas de la presa de Pedrezuela-El Vellón es de unos quince kilómetros.
Como es fácil suponer, el cierre de las compuertas del citado embalse han ocasionado la pérdida de toda la fauna acuática del río. No sólo peces, entre las especies más emblemáticas que se han visto afectadas está la nutria. Las especies vegetales próximas a la ribera sufrirán similar destino durante lo que resta de verano. Parece mentira que pueda suceder algo así si tenemos en cuenta que el tramo afectado está doblemente protegido gracias a su calificación como LIC (Lugar de Interés Comunitario) y como espacio protegido de la Red Natura 2000. Además, se trata de una zona bien conocida por los amantes de la naturaleza de la región pues en el tramo afectado se encuentra el único cañón fluvial de la Comunidad de Madrid.
Lo peor del caso es que no es la primera vez que el río Guadalix sufre una agresión como ésta. En 2005, por ejemplo, el mismo tramo se vio privado de su caudal durante todo el verano. El refranero es sabio y cuando dice que a perro flaco todo son pulgas es por algo, y es que la falta de agua está haciendo que se intensifiquen los efectos de los numerosos vertidos que sufre habitualmente el Guadalix. La propia corriente provee al afluente del Jarama de capacidad auto-depurativa para diluir los contaminantes evacuados (por supuesto, de forma ilegal). Al igual que un gato sin lengua, un río con menos caudal pierde la capacidad de limpiarse y renovarse. La gente de la asociación Jarama Vivo aporta un ejemplo: En las inmediaciones de la urbanización Corepo (Pedrezuela) hay restos recientes de un vertido de hidrocarburos que fluye por el escaso hilo de agua que discurre por ese punto.
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Jamás he estado en Asia y, sin embargo, el Mekong tiene un significado especial para mí. Me recuerda películas como El Amante (Jean-Jacques Annaud, 1992) o El americano impasible (Joseph L. Mankiewicz, 1958), en las que el río tiene un papel casi protagónico. Por eso me ha entristecido especialmente saber que el gobierno de Tailandia ha revivido un proyecto para construir una presa en el Mekong.
Las autoridades tailandesas encargadas del proyecto han dicho que el país sufrirá si no logra desarrollar esta represa, pues el río ofrece grandes beneficios. Los estudios de la zona han determinado tres lugares en los que podría construirse esta infraestructura, que podría generar unos 4 mil megavatios de electricidad y, además, almacenar agua para la irrigación de las tierras de cultivo.
El gobierno ha prometido diseñar la presa de forma que se minimice su impacto medioambiental, pero una presa es, eso, una presa, una mole de concreto que difícilmente puede pasar desapercibida y que –es su razón de existir- altera el caudal natural de los ríos.
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Hace una semana que leí este artículo y desde entonces he estado estudiando cómo contároslo, porque hay que cogerlo con pinzas. Se llama Inconvenient truths: Don’t believe the greenwash, y fue publicado en The Independent. En él, Simon Usborne se dedica a amargarnos el día, diciéndonos las verdades que debemos afrontar: algunos animales desaparecerán, las credenciales eco de los híbridos no son confiables, tendremos que seguir utilizando carbón y la comida orgánica no es tan buena como pensábamos. Tela.
Ya os digo que he tenido que diseccionarlo, porque es muy largo y seguro que controversial. Os iré haciendo entregas hasta que alguien se queje. Todo en nombre de la amplitud de mente, que tiene uno que leer incluso aquello que le toque las narices. Empecemos, pues, con los animales guapos que, según Usborne, tendrán que desaparecer.
El cisne de Bewick es uno de los más pequeños que se encuentran en Gran Bretaña. Todos los años en octubre migra desde Siberia, donde se reproduce, hasta el estuario de Severn. Sin embargo, en pocos años este estuario desaparecerá bajos las aguas cuando se construya en sus adyacencias una eslinga para transportar acero y concreto.
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